jueves, 30 de abril de 2015

Seré


Con tan solo saber que me miras, se me eriza la piel, se activan las alarmas, mi cuerpo se prepara para buscar tu mirada.

Al encontrarnos entender, sin palabras todo lo que callamos tiempo atrás, escucharás mis gritos desde mi silencio perpetuo, al fin sabrás lo que tanto tiempo escondí.

Te escondí poesías que mi alma recita cada vez que te recuerda, callé por todo el miedo que me provocabas.

Ahora las tornas cambiaron, ya no soy la que bajaba la mirada cuando sonreías, suspirando porque no me hayas visto, ahora dejaré que mis impulsos afloren y no dejaré que quedes en la ignorancia de todo lo que te guardo.

Seré tu rival en un cruce de miradas, seré la serpiente que no parpadeará, no seré yo la que sienta miedo, temerás la profundidad en mis ojos y seré yo la que te haga temblar por no saber qué pienso.

AUTORA: Sara Suárez Palencia

miércoles, 29 de abril de 2015

Micros: Injustamente y Madmuasel


INJUSTAMENTE

Me duele el dedo índice de tu mano derecha. Cuando me apuntas con él. Cuando me acusas injustamente.


MADMUASEL

Mademoiselle Pitiminí esperaba siempre a sus víctimas masculinas con una sonrisa picarona que elevaba sus ansias, las de ellos, mientras la mente calenturienta de la ejecutora trazaba planes de sometimiento, tortura e irracionalidad.



AUTOR: Jesús (archimaldito)

martes, 28 de abril de 2015

El peregrino Ateo



Nunca lo he contado, pues soy un convencido incrédulo en vuestros menesteres, pero el acomodo y la amabilidad de esta casa, bien merece la confesión de un peregrino Ateo.


En la mortecina luz del anochecer de un octubre de hace diez u once años, mis fríos dedos palpan el relieve de la concha incrustado en la columna de entrada que daba al jardín. El plano dice que es la más humilde de todas. Ya queda poco para Santiago.

Lo recorro casi a tientas, pero el olor a flores me informa de su exquisito cuidado. Aunque la puerta está abierta, los gruesos muros del marco confirman que no es la original: demasiado delgada, y eso me gusta. Su falta de ostentación no requiere más seguridad que la de esa ínfima portezuela. Es la que necesito, y lo ratifico al entrar.

A la izquierda un modesto confesionario con el espacio justo para certificar el anonimato de sus feligreses me trae recuerdos de la niñez. Al pisar el suelo firme de la primera estancia, mis pies me recuerdan también los duros trece kilómetros de esta última jornada, pero el hecho de haber llegado al lugar recomendado contrarresta cualquier síntoma de cansancio. 

A la derecha, custodiada por dos desnudas columnas, se interna el pasillo hacia el altar. Ocho filas de bancos a cada lado, me guían hasta el sagrario que tiene impostado a ambos lados un simple cirio emitiendo la escasa luz de la que se nutre la humilde ermita. La inmóvil llama se refleja tras su jaula de cera. 

Evito la primera y la última y me siento en la quinta fila. Ni muy lejos ni demasiado cerca, fiel a mi perfil ateo. “Él me escuchará desde cualquier sitio” me insta mi voz interna. Me acomodo evitando estirar mis pies doloridos, “otra imposición de mi niñez”. Y entonces, le explico el motivo del porqué peregrina un ateo.

-Sé que podría hablarte en cualquier lugar del camino, que me escucharías igualmente, pero como tus generales han dispuesto estos espacios como caminos directos hacia ti, he decidido venir a tu casa- confesé, mirando la inmensa cruz pintada tras el altar, la cual, siempre he relacionado con alguien que te espera con los brazos abiertos. -Pienso que a ti te hubiera gustado más cualquier comedor o dormitorio benéfico, según tu mensaje original, que estas opulentas estancias de espaldas a la realidad, pero queda confirmado que aun alguien respeta tu palabra- expresé en voz alta, mientras las llamas de las velas seguían inmóviles emitiendo su humo negruzco hacia el techo de madera. 

-Quiero que sepas que no le hablo a la iglesia, que mis palabras son para los oídos del carpintero que un día decidió enfrentarse a todos y a todo. Vengo de parte del amigo del amigo de un buen amigo, ¡ya sabes!, tiene un cáncer terminal, y antes de que se vaya de este mundo, quería hacer el camino por él. No he encontrado otra forma más inspiradora que haciendo esta penitencia tan emblemática. La cual ya te confirmo que el final no será esa inmensa mole de piedra que dicen guardar los huesos de tu aposto. Pienso que si pesaran todos aquellos que dicen pertenecer a tu discípulo, y que deben estar repartidos por medio mundo, sus pisadas debían oírse a kilómetros. Quiero decir con esto que soy un hombre de ciencias, y aun así respeto a esos millones de fieles que siguen viniendo a escuchar a tus generales tras haber encontrado, ya hace mucho tiempo, los primeros huesos de Dinosaurios. Lo entiendo “la fe del ser humano es incomprensible”, aunque para mi la derrocha en el sitio equivocado-

El silencio en la basílica es amenazante, casi puedo escuchar mis propios pensamientos que ruedan por mi mente segundos antes de que reboten en la increíble acústica del templo. –Aquellos a los que tus mandamases bautizaron con el nombre de “Iluminatis” han dado pruebas, una y otra vez, de que la historia inventada por quienes se autonombraron vicarios tuyos, contradicen sus mentiras una a una. Sintiendo mucho no poder ayudarlos en la medida que hasta este momento, ni Cain, ni Abel hubieran sido capaces de engendrar vida. Como verás mi alma atea no titubea ante su inefable y vergonzosa manera de imponer sus criterios a fuego. Y nunca mejor dicho: si el infierno es el lugar más aterrador y temible previsto para las personas de corazón impuro, ¿por qué tenían tanta prisa en la Santa Inquisición en quitarles tal placer a los demonios que dicen vivir en él- En este momento me paro a reflexionar en mis últimas palabras y reordenar la idea que me ha traído hasta aquí.

-Bueno, he mentido al decir que mi alma nunca ha titubeado. Es ese mismo el motivo que me ha traído ante ti. Y tan sólo para hacerte una pregunta. Ayer noche, casi a rastras y maltrecho, llegue a una pequeña cabaña a trece kilómetros de camino de aquí. Al principio parecía estar abandonada, aunque la luz de su interior, que parecía emitir una llamada silenciosa a mi cansado cuerpo, gritaba a viva voz que alguien estaba haciendo pan. Casi no llegué a tocar la puerta, cuando me recibió un ser humano enorme: pelo largo, largas barbas y una mirada que contenía todo el cariño del mundo. Parco en casi todos sus modos, menos en el de la amabilidad y cortesía al viajero. Pan, vino y todo el alimento que poseía me fueron ofrecidos. Con alegría pude comprobar, que bajo aquellas ropas de Hippie, se escondía un ateo como yo. Nada de lo expuesto, fuera en paredes, mesas, o muebles, podrían decir lo contrario. Ni una referencia a hitos religiosos, ni de cualquier otra índole. Como digo, hablaba escasamente, pero no era la cantidad de palabras que salieron de su boca, como la importancia de todos sus matices, incluso al contarle mi propósito, del que gracias a él he llegado hasta aquí, eran en verdad los que me han hecho reflexionar hasta construir esta pregunta… ¿lo enviaste tú?


Nunca lo he contado, pues lo que ocurrió a continuación, e ignorando todo lo que un buen cristiano podría considerar como herejías e insultos a su iglesia, incluso, alguna inocente mentira, aquel hombre de mirada amable apareció ante mí. De espaldas, mirando la cruz, elevando sus manos a lo alto. Vestido con las mismas ropas del día anterior, se giró hacía mi y me invitó a salir, mientras los cirios se consumían a marchas forzadas. El olor a flores se intensificó por un millar, mis fosas nasales no podían evitar ser agredidas con tal plenitud de incomparables fragancias, y justo de pie en el centro del jardín me señaló el camino a seguir: hacía las luces de Santiago.

A día de hoy puedo decir, ante vosotros hermanos, en esta humilde y austera abadía que ha acogido mi alma de viajero como uno más, que moriré de cualquier cosa menos de cáncer.


AUTOR: Sergio Suárez.

lunes, 27 de abril de 2015

La despedida de Marianico


Esta es la historia de mi hermano el pequeño y de las revelaciones que nos hizo este verano. Tras escuchar todo lo que tenía que decir fui incapaz de revelarle la verdad sobre el asunto, ni de que otros lo hicieran. A veces el pasado es mejor no removerlo. Así empezó la reunión:

—Como sabéis soy el pequeño de los doce. Hasta hoy he guardado un secreto que ha provocado la vergüenza de mi existencia durante este tiempo. Sin embargo, tras la muerte de Padre y la tristeza que eso me provocó, me he dado cuenta de que aquello que me condujo a preservar tremendo secreto hoy me enorgullece. Hermanos, hoy os voy a desvelar por qué nos abandonó María y lo

difícil que tuvo que ser para nuestro progenitor criarnos a los doce, como lo hizo. Hace dos años, Padre me entregó una carta escrita del puño y letra de vuestra Madre. Este tiempo la he estado escondiendo, no solo a vosotros, sino a mí mismo. Ahora ha llegado el momento de que sepáis la verdad.

<<Queridos hijos míos:

Quiero aprovechar este trozo de papel para poneros en conocimiento de las razones que me llevaron a abandonaros allá por los años cuarenta.

Pues veréis, de todos los días de los que dispone un año, Ricardo, vuestro padre, se puso de parto precisamente el día de la matanza. En cualquiera de los otros trescientos sesenta y cuatro restantes, el parto me hubiera dado igual aunque, ojo, que no le reprocho nada. Está claro que parir es inevitable y pobre hombre, qué iba a hacer. Sin embargo me aventuro a pensar que algo de provocación sí hubo pues ya estaba informado de la gran ilusión que me producía aquella matanza. La matanza del cerdo Marianico. Lo críe a conciencia desde su nacimiento y la espera había valido la pena, estaba fuerte y robusto como un jabalí salvaje. Lo traje al mundo con mis propias manos, lo alimenté y lo cuidé como a cualquiera de vosotros once. A Ricardo no le atraía nada la idea de que durmiera con nosotros de lechal pero no cedí y así lo hice. Me planté y le dije: —como María Pulido que me llamo que el cochinillo duerme conmigo. Y ante tal afirmación y, a pesar de que el embarazo lo hizo llorar como a un niño, no pudo negarse. Así, durante los primeros meses, fuimos cuatro en la alcoba: Ricardo, Marianico, yo y el que venía en camino.

La idea de evitar aquel parto me convirtió en una mujer nueva, aunque vuestro padre no paraba de quejarse de todo. Había pasado buena parte de mi vida preñada y era hora de descansar. No es que no haya disfrutado de llevaros en mi vientre, no, pero es muy cansado, sobretodo los partos. Los tres primeros fueron embarazos difíciles pero los partos bastante normales. Con el cuarto, no tuvimos comadrona. Empezaron los dolores sorprendiéndome mientras lavaba en el río. En tres o cuatro minutos ya estaba en el mundo. Le corté el cordón con una cuerda que había en el borde del arroyo y lavé al bebé en el agua dentro de un barreño. En ese momento me acompañaban ya pocas fuerzas y el balde se escapó río abajo. Pensé que lo mejor era ir a buscar a Ricardo para que se hiciera cargo. Vuestro padre se pasó el día entero recorriendo el río hasta que apareció con vuestro hermano envuelto en una chaqueta vieja. Para el quinto de vosotros me resultó sencillo averiguar su llegada. La experiencia de los anteriores me había hecho conocer el momento exacto de su entrada al mundo. Al alba le dije a Ricardo:—Para las nueve y cuarto viene el retoño. Vuestro padre preparó agua caliente, mantas y os mandó con la vecina. A la hora esperada nacía el quinto niño de la casa. Nació con dos vueltas de cordón y no respiraba. Ricardo le palmeaba en las nalgas desesperado pero no había manera, no lloraba. Tuve que tenerlo colgarlo de los pies varias horas. Cogí una cuerda de la matanza, le até los tobillos y lo pendí en la despensa entre los chorizos y la morcilla. En un par de horas el bebé berreaba por fin. Sexto, séptimo y octavo llegasteis prácticamente juntos. Uno el martes, otro el miércoles y el más menudo el jueves. Tres días de parto interminables y agotadores. Y los tres últimos, por mi parte, no los recuerdo bien pues con todos acabé inconsciente. Uno nació con siete kilos doscientos, otro con ocho y el último con ocho cien. A vosotros no os pude dar pecho. Me recomendó una vecina que os diera sopas y así os criasteis de hermosos.>>

—Bien. Ya supongo que empezaréis a entender que María no fue una madre normal. Pero hasta ahora lo que no alcanzáis a imaginar es cómo Padre tampoco lo fue, y por supuesto yo mismo estoy muy lejos de serlo. La carta continúa así:

<<En febrero de 1937 nos enteramos de que estaba embarazada. El duodécimo retoño llegaba a la familia. Por supuesto, después de once partos a cada cual más difícil, me negué en rotundo. Le dije a Ricardo que no, que no iba a tener ese hijo. Se puso como loco, que si Diós me castigaría, que si Diós lo había querido así; mamarrachadas—le dije—Si quieres que nazca, lo tienes tú. Así que después de varias semanas de burocracia con la iglesia y de dejarme el jornal de varios meses y las rodillas peladas de rezar, Ricardo se quedó en estado de nuestro hijo número doce. Recuerdo que aquel día dormí de un tirón bajo las mantas. Él, en cambio, pasó la noche agitado y por la mañana lo oí vomitar. Que queréis que os diga, no voy a deciros que me sentí mal porque no fue así. En pocos días ya no me dolían los pechos ni el vientre y me centré en Marianico y en cuidar de la hacienda.>>

—¿Pero qué... ? Eso no es posible, Madre estaba... 

—Dejadlo hablar—dije interrumpiendo a los demás, diciendo más con la mirada que con las palabras. 

—Lo que habéis oído. María no es mi madre. Y ahora me siento feliz de saberlo. En este momento he podido perdonar todo ese odio hacia quién creía que fue quién me trajo al mundo y a la vez quién me abandonó. Ese sentimiento tan contradictorio que había crecido en mí como mis brazos y mis piernas, dejó de serlo. Pero...Perdón, dejadme que continúe leyendo. 

<<Ricardo a los cuatro meses tuvo que dejar de labrar la tierra, la barriga era tal que no le dejaba agacharse ni ver ni lechugas, ni tomates ni trigo. Se dejaba parte de la cosecha atrás y me tocaba trabajo doble. Así que yo ocupé su lugar. Labraba, cosechaba, me ocupaba de la hacienda. Él, mientras, os criaba y se dedicaba a "mis labores". Tanto se parecía a mí que una tarde vuestro abuelo lo encontró de espaldas, con el mandil puesto, y pensando que era yo lo atrapó por detrás y le besó la mejilla. Aún me río cuando pienso en el respingo que ambos pegaron ante tal atrevimiento. Y yo cada vez me parecía más a él. Incluso empecé a fumar. Todo el día rodeada de capataces y peones de la hacienda tuvo dicha consecuencia. Me volví una fumadora empedernida. Ricardo, por el contrario, tuvo que dejarlo debido a su estado. Pero a lo que vamos, el día del parto. Yo había madrugado mucho para preparar la matanza de Marianico. Afilé todos los cuchillos y dispuse todo lo necesario. Toda la familia estaba avisada para acudir a la celebración. Incluso colgué un cartel en la hacienda que decía: " La despedida de Marianico". Estaba entusiasmada con la idea de alimentaros durante todo el año, con aquel cerdo que con tanto mimo crié para tal fin. En el pueblo no se hablaba de otra cosa que de la matanza de los Pulido, algo que me enorgullecía.

Ricardo, se levantó temprano para preparar el desayuno y ayudar en los preparativos. Yo estaba tan emocionada que no me di cuenta de que parecía más pálido y cansado de lo habitual. Ambos dispusimos la hacienda para recibir a la familia. Recogimos flores para los jarrones, decoramos las mesas, pusimos los manteles que vuestro padre había bordado y sacamos la cubertería de plata que nos había regalado la tía Enriqueta para nuestras nupcias. Todo lucía precioso aquel día. El tiempo acompañaba, el sol resplandecía con rabia y hacía mucho calor. A las doce empezaron a llegar los primeros. Los tíos de la capital venían cargados de regalos para vosotros. Se sorprendieron al ver a Ricardo en Estado. Al principio quisieron marcharse pues creían que aquello había sido obra del diablo, pero tras hablar con vuestro padre y ver con qué cariño llevaba ese hombre al bebé en su vientre se quedaron sin volver a hablar del tema. A la una ya estaban todos en la hacienda y con cada uno hubo que repetir la historia. Ricardo se mareó un par de veces y tuvo que sentarse al fresco un rato. Llegaba el momento esperado y fui a por el cochinillo. Lo traje hasta la mesa más grande del jardín, la mesa de piedra y lo encaramé arriba. Todos se arremolinaron alrededor para admirarlo. Menudo cerdo, María, decían. Qué lustroso, qué sano, gritaban. Yo no cabía en mí de gozo. Era el momento más feliz, diría que de mi vida. Me encendí un cigarrillo y entré a la cocina a por la ristra de cuchillos que me ayudarían en la tarea. Mientras miraba los puñales recordaba todos los meses, desde su nacimiento, en que lo preparé para este día. Deslicé mis dedos por el acero, intentando comprimir esos recuerdos en algún lugar de la memoria para no olvidarlos nunca. Y bien que lo conseguí, gracias a vuestro padre nunca he olvidado aquel momento. Empecé a oír gritos y alboroto. Me quedé un segundo intentando captar lo que decían las voces fuera. Apagué el cigarrillo en la pica y corrí creyendo que le había pasado algo a Marianico. Fuera se había formado un círculo en torno a Ricardo. Eché un vistazo al cochino y continuaba sobre la mesa. Inmediatamente sentí alivio. Me acerqué a la multitud. Allí estaba vuestra tía Enriqueta dando aire al desfallecido con un abanico andaluz. Al verme me gritaron: agua, agua. Me dirigí de nuevo a la cocina algo enfurruñada y preparé una jarra llena de agua y mucho hielo. Le pusieron el vaso en los labios y le hicieron beber. Mientras recuperaba la conciencia saqué todo lo necesario para la matanza. Yo estaba empezando a ponerme nerviosa con tanto retraso y supongo que intuía que algo iba a pasar. Al fin todos se centraron en el evento y rodeamos la mesa. Vuestro tío Cipriano, un hombre de metro ochenta, fuerte y robusto como un toro, su puso en frente para sujetar a Marianico. Le atamos las patas con una cuerda que llevé a bendecir a la Iglesia, por empeño de mi madre, vuestra abuela. Tomé la navaja más grande, apreté fuerte la empuñadura y me abalancé sobre el marrano. Se acercaba el final de aquel trabajo tan minucioso y bien hecho y, justo cuando iba a poner fin a la vida de Marianico, Ricardo soltó un alarido que se oiría hasta en el pueblo. Cipriano soltó al cerdo y corrió hasta él. Vuestro padre se había puesto de parto. Justo ese día, en ese maldito momento. Ante los alaridos de Ricardo todos se pusieron en marcha, nerviosos. Las tías prepararon agua en los barreños dispuestos para la matanza, Cipriano y los demás sacaron de una patada a Marianico y colocaron a vuestro padre sobre la mesa. Nadie sabía cómo iba a nacer vuestro hermano. Daban vueltas alrededor del paritorio improvisado pensando qué hacer. Le rasgaron las ropas y cuando Ricardo, empapado en sudor empezaba a quedarse sin fuerzas, el tío Cipriano cogió un cuchillo y sin pensarlo dos veces le hizo un corte vertical en el vientre. La sangre empezó a correr como en una matanza cualquiera, solo que no era mi matanza, no era mi Marianico ni el día tal como tantas veces lo había soñado. El cerdo chillaba en el suelo con las patas atadas y yo me sentí profundamente triste. Me limité a fumar sentada en el quicio de la puerta, oyendo los gritos de vuestro padre diluirse entre los de Marianico. Pasé allí sentada lo que creo fue una hora u hora y media, hasta que el llanto del duodécimo niño prosiguió con celebraciones, hurras y felicitaciones. La tía Entiqueta, costurera de toda la vida, remendó la herida a vuestro padre y le limpió la sangre. Bañaron al bebé con agua tibia y lo pusieron en los brazos de Ricardo que sonreía como si fuera el primogénito. Por la tarde marcharon todos. Aquel día no hubo matanza, ni ningún otro. Alguien desató las patas de Marianico y éste escapó campo a través. De madrugada me levanté a fumar. Ricardo y el crío dormían después de haberle dado leche tibia de una cabra joven que tenían unos vecinos. Yo sin embargo no podía conciliar el sueño. Fumé sin parar sentada en el lecho de Marianico, pero él ya no estaba. ¿Imagináis lo vacía que te puedes quedar tras un hecho así? Todas las fuerzas puestas en aquel día para nada. Tras el último cigarrillo, me quedé mirando el paquete y me fui con lo puesto, dejando una nota a vuestro padre: Salí a por tabaco. Pero nunca volví. No me sentía con fuerzas para afrontar el vacío que, a causa de Marianico y su matanza, había crecido en mí. Espero que entendáis las causas de mi ausencia. Estoy segura de que Ricardo habrá sabido criaros bien.

Os quiere, 
Mamá. >>

—Supongo que entendéis por qué os oculté esta carta. La vergüenza de ser el no nacido de una madre me invadió durante este tiempo. Pero ahora el orgullo de haber nacido de las entrañas de Padre, ha reemplazado ese sentimiento.

Tras toda esta inverosímil historia, la única verdad es que gracias a ella, mi hermano pequeño pudo encontrar el perdón y estar en paz consigo mismo. ¿Quién soy yo para devolverle a una realidad dolorosa? No necesita saberla. Es mi hermano y lo crié casi como a un hijo, siendo el mayor de todos. Cómo podría ponerlo en conocimiento de que nuestra madre esta loca. ¿Cómo podría yo explicarle que Marianico fue su primer nombre y que, fue a él y no a un lechón a quién su propia madre quiso sacrificar, a los pocos meses de darlo a luz? Y, ¿Cómo podría derribar una historia, que recibida a través de una carta desde un psiquiátrico había encajado en su cabeza como la última pieza de un puzzle? No tengo la menor intención de hacerlo. En ocasiones el pasado es mejor no removerlo.



AUTORA: Raquel Ortega

viernes, 24 de abril de 2015

Reflexiones antepóstumas

Reflexiones ante póstumas del tercer y verdadero padre de Leopold Bloom sobre: el amor; la locura; la pérdida; la soledad; el olvido; el arrepentimiento; la redención a través de la muerte; el mercado laboral; la política penitenciaria y el esnobismo, más concretamente dentro de éste, de cómo un espléndido y ostentoso sofá granate, pasó del escaparate de Roche Bobois al salón de estar de una humilde higienista dental.


Llevo demasiado tiempo frente a este espejo buscando respuestas. Al menos una, que suponga la llave para un relato factible de hechos concatenados, que me ayude a identificar los hitos y las causalidades, a comprender. Una sola, no importa que sea pequeña, inverosímil, peregrina o incluso falsa, pero que sea, tan solo necesito que sea. Ya solo ansío despejar la incógnita, resolver el enigma, cerrar el círculo.

Demasiada arena, desiertos enteros pasando por el lánguido, fino y estrecho paso de los conos enfrentados. ¡Sí! ese ruido constante y mortificador, al parecer, inapreciable para los oídos de los demás y, sin embargo, ensordecedor para los míos. Lo oigo, el tiempo suena, el minúsculo y alineado grano, grano a grano, el roce con sus semejantes, deslizante fricción; empujones a través de la cristalina estrechez que amplifica la estridencia; la pelea por ser el primero en dar la razón a Newton, la gravedad del tiempo que, pese al coeficiente de rozamiento de los deseos, anhelos desacelerantes, aún así, provoca invariablemente su caída en el nunca y vuelta a empezar. Sísifo enfundado en un roído bluyín, con el torso desnudo, los brazos entumecidos, los talones hundidos en la arena húmeda por el perpetuo sudor, subiendo grano a grano a grano a grano, a grano.

Ya no distingo si el tiempo discurre en el sentido que debiera o, si por el contrario, lo hace en sentido inverso al natural de su marcha; intento infructuosamente crear una nueva realidad al revisitar un tiempo y un espacio ya muertos, como espectador privilegiado, sentado en lo más alto del graderío, donde apenas se distingue a los protagonistas del decorado, imposibilitado del todo para la actuación sobre los hechos acaecidos, para la rectificación, por tanto, negada toda redención. No puedo fiarme de la realidad que me intenta imponer mis sentidos, sentidos que se alimentan de recuerdos, información guardada en un disco duro dañado ¿Qué es real o lo fue en su momento? ¿Qué interpretación? ¿Qué anhelo de ser? Erráticos informes de un exterior que ya no es, que no pueden desembocar en otra cosa que no sea una realidad fallida, ilusoria y nebulosa. Memoria. Recuerdo. Falacia.

Esta arena sonora, hueca, gruesa, áspera, se mezcla con palabras apenas susurradas, afloran de nuestras bocas en un idioma ininteligible y cifrado, conversaciones enteras:   -Aflajasme la vestimenta quo vasu gri dus fatis- te oigo decir con ira mientras yo te contesto con condescendencia -Ni se me gasta por fa dolmeta-. Tras un rato de calma, no mucho, un nuevo exabrupto tuyo me pone en guardia –Al menos jiorava el soporbufo de la gimanta- a esa ni te contesto, me giro y sigo a lo mío, con mi nariz entre los pechos de Molly mientras Leopold encuentra por fin su patata. Así horas interminables, desentendiendo lo aprendido y desasiendo lo aprehendido, desmontando el paraíso con una sutil y silenciosa excavadora armada con una inmensa pala blanca tatuada con jeroglíficos negros. Luego, después del triunfo del hastío y el hartazgo, todo termina súbita e irremediablemente con un grito, un desdoblamiento del yo en el que apenas te reconozco, un arañazo sostenido en el aire húmedo con el que pones punto final a la discusión: -¡Herkadia xi das la vuelta enfrastizado!-. En este mismo instante me queda claro que esta noche no toca amalar el noema, no habrá abrazo, caricia ni beso, siquiera dormir juntos cada uno en su parcela registrada del lecho, dando la espalda al nuevo extraño; extraditado de la alcoba, como únicos compañeros el fin de emisión, una charla con Jean Valjean acerca de las singularidades femeninas y el zumbido, el puto zumbido.

En mi nocturno destierro continúo lamiéndome las heridas producto de la batalla perdida, me invade el desaliento y una sensación de inexplicable extravío; mi cuerpo se amolda como una mano a un guante, la práctica casi cotidiana ayuda al reconocimiento mutuo, al sofá granate que compramos en aquella bonita tienda. ¿Recuerdas? A diario nos deteníamos unos minutos delante de su escaparate, parada obligada antes de llegar a la clínica donde acababas de renovar tu contrato en prácticas de un año, que orgullosa estabas de tu título de higienista dental. Solíamos ir, de cuando en cuando, a soñar con el lujo y la opulencia, probando sillones inaccesibles hasta que el estúpidamente estirado y seco dependiente nos llamaba la atención; jugábamos a tomar café en mesas de otras alturas, no la nuestra, a las que solo pudimos acceder en tiempos de liquidación: “Liquidación y cierre por inminente extinción de Nuevos Ricos, descuentos del 80%”.   -¡Que se jodan!- gritamos al salir de la tienda con nuestro sofá  de diseño italiano.

Tras dos desiertos y medio el granate asiento mutó de mueble a metáfora, de lujosa imagen de estatus ficticio, parecer ser no siendo, a prueba irrefutable del deterioro; de las seis robustas patas de antaño, ahora cojeaban dos, nosotros; se nos fueron descosiendo las costuras hasta brotar el relleno deshilachado; se nos quebró la piel, deshidratada, otrora turgente y ligante, aplacadora de la fuerza centrífuga, freno a la expansión y dispersión del Big Bang de nuestro Nosotros. ¡No lo entiendo! No se si fue un proceso erosivo, silente, de esos de los que no te percatas hasta que se te caen los pantalones en público y adviertes, solo entonces, que la inanición voluntaria y programada ha llegado demasiado lejos. La esencia con los accidentes por los tobillos, con el culo al aire, desnuda y desprovista de significantes, llaves perdidas de puertas cerradas, de escapatorias a mundos de conejos parlantes con relojes de pulsera. ¿Sin accidentes dejamos de ser esencia? ¿Esencia y accidente en el mismo plano? ¿Qué somos como individuo único si no accidentes? Ser dentro parte del Todo nunca lo he considerado ser. Para mí ser siempre es fuera, solo, individual y distinto. No se si uno se puede desligar de los demás o precisamente ese afán, imposible de conseguir, es el que te persigue como una polla gigante llena de chinchetas dándote por el culo aún con el orto sellado con plomo. ¡Desprecio esa mierda! ¡Yo me considero accidente!

O por el contrario un instante, conglomerado de azares  que confluyen en un único punto donde se concentran y desvelan las bifurcaciones del destino multiplicando exponencialmente las posibilidades de errar, de perderse tras la puerta que aparece tras la puerta que esta situada tras la puerta. Abrirla y… escuadrón de la muerte, emboscada guerrillera, pero… pero… pero… ¿Qué instante? ¿Qué sucedió? ¿En mí? ¿En ti? Busco respuesta en el reflejo de estas ojeras perennes, oscuras huellas de noches eternas, repletas de espejismos voraces que no llegan a ser nunca sueños profundos por culpa del maldito insomnio, en las que oigo llover incluso cuando no lo hace. También la lluvia parece hablarme entre dientes, entre gotas, mascullando esquirlas líquidas que me atraviesan. ¡Este susurro me va a volver loco! Entorno los ojos hasta casi cerrarlos, distorsiono la imagen que me devuelve el espejo, y es entonces cuando parece intentar comunicarme algo. Por ahora es ilegible. Soy incapaz de atisbar, siquiera de adivinar a sorteo entre las más cotidianas o comunes, una explicación a este desastre. A esta vida en muerte, mi vida, tu muerte. Rebobino nuestra película con la tecla del play pulsada y no aparecen villanos ni traiciones ni sospechas ni alarmas ni signos ni señales ni indicios, mucho menos pistas o premoniciones. De esta especie de trailer surrealista y acelerado saltan fogonazos que me hacen estremecer. Tus rizos insumisos, rútilos ficticios premeditadamente desajustados; tu altura inagotable, los ojos sonoros y descalzos; el andar azul de tus piernas llenas de juvenil músculo. Las primeras caricias, abruptas, inexpertas; la impericia de mis manos, el dolor y la risa; una risa desconocida hasta entonces, líquida y caliente, risa que se fue convirtiendo en carcajada cuando este inexperto se transformó en habilidoso profesional. Los dos aprendimos al unísono. No solo nos descubrimos el uno al otro, nos descubrimos a nosotros mismos a través del Otro. Esa parte del Uno imposible de ser revelada en soledad; la lección consistía en sucumbir a la pulsión  primaria de deshacerse en el Otro como un azucarillo en café recién hecho, que cambiara de sabor, que al sorberlo y paladearlo supiera oliera sonara a algo distinto a cada uno por separado, a Unidad.

Ahora soy incapaz de recordar e identificar la última carcajada, ubicarla en el tiempo y en el espacio; entre los dedos de mi memoria apenas queda un puñado de ellas, el resto resbalaron gélidas en dirección a los codos y, de ahí, caída libre al agujero negro de la nada. Esa estentórea y mil veces repetida carcajada, desgastada, entibiecida, en algún momento se transformó en anodina sonrisa funcionaria. Roída por algún ratoncillo perdió brillo, cuerpo, presencia, decencia. ¡Ahora solo queda esta incipiente y galopante demencia! ¡Me niego! No puede ser suficiente. Tal vez tus celos, ridículos y extravagantes, de Molly, de Teresa, sobre todo de la Maga, cuanto la odiabas; la incomprensión mutua ensanchada por interminables silencios, el desembarco de la tristeza y los delirios en el antiguo paraíso, ¿fueron ellas las que te desplazaron o tu la que se distanció?

2,10 de ancho por 3,05 de largo. Inmenso espacio diáfano henchido de desasosiego, que feliz sería el portugués aquí; campo de juego permanente de la vaguedad y la locura, tenaza sensorial labrada a conciencia por mi permanente estado de consciencia, el espacio como un personaje más en este Circo, y tu ausencia… nunca una ausencia había ocupado tanto, una Nada ocupándolo Todo. Un estante fijado con ahínco a la pared como mesa, un ascético catre y sanitarios de pulcro y pulido acero inoxidable. En esta puta celda acolchada no me dejan tener nada que sirva para dar fin a este fin infinito, cíclico y recurrente, a esta decadencia y podredumbre cotidiana, apestar a cadáver estando vivo. En la mesa, mirándome descaradamente a los ojos, casi retándome, el papel recién profanado con estas amontonadas letras; a mi izquierda, más papel con más mierda: Bloomsday, mi última bosta pretenciosa, y Sentencia firme, mini disección de mi debacle, las dos aplastadas por la inmensidad de la más reciente edición de En busca del tiempo perdido, preparada para su, casi con total seguridad si todo va según lo planeado, inconclusa tercera lectura; un bote de tinta comestible y varias plumas de ganso. No entiendo este insano e irracional afán de impedir mi muerte; el incordio de mi cuidado, el gasto a cargo del erario público de las instalaciones y la manutención, surrealismo elevado a la enésima potencia. Impedirme la fuga de mi cuerpo. ¡Malditos seáis todos mil veces! Solo deseo que cese este zumbido, ¿es mucho pedir?

-La mató por que estaba loco- les oía murmurar en la sala. Que sabrán de nosotros esos estúpidos. -Fue por los libros- decían otros. Burdas especulaciones, todo por mi alucinógena confesión de la noche de autos: -No podía concentrarme- balbuceé   -Ella quería que le dedicara tiempo- repetía -Ahora podré releerlos- sentencié. El Tribunal también sentenció, “Artículo 139: Será castigado con la pena de prisión de quince a veinte años, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes: 1ª (…) 2ª (…) 3ª Con ensañamiento, aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido”.

Y aquí estamos, a las puertas de mi propio Auto de fe, página quinientos cincuenta y cinco, la biblioteca ardiendo y yo sin petróleo, Peter Kien en su escalera y yo en la mía, improvisada, preparada para el último salto, esta vez sin números escritos con tiza en el suelo… ni Cielo. Ya falta poco para volver a vernos mi amor, todo está preparado. En un principio tenía dudas sobre la manera de ir a tu encuentro, pero creo que la decisión, por fin es la acertada. El plan A consistía en arrancarme en sueños la lengua de un mordisco y morir de asfixia al tragarla, total y definitivamente descartado por falta de la valentía necesaria e imposibilidad de ensayo previo. El plan B era separar los ojos de sus cuencas con mis propias manos para, en primer lugar, no volver a verte en mí al mirar este diabólico espejo de pulpa blanca, empeñado en devolverme tu cara llena de sonrisa como método de tortura penitenciaria y, en segundo lugar, si acompañaba la suerte, morir desangrado; igualmente desechado, en esta ocasión, por manifestar una dificultad extrema en la ejecución y, por otro lado, los riesgos de quedar vivo e impedido para proceder a la consecución del objetivo final eran evidentes. Por tanto, solo quedaba una salida, el plan C: la paciencia. Mucha paciencia hay que tener para ahorcarse con hilo dental; dejar de limpiarme los dientes durante meses no, durante años, diez ya; guardar escondidos los rollos de hilo dental, estirarlos, trenzarlos, unir unos con otros hasta formar una cuerda que soporte mi peso, que permita ahorcarme o, mejor, que me corte el cuello en la primera sacudida. ¡Sí! Que me corte el cuello sería lo justo. Ya estoy imaginando las cabeceras de los diarios y los artículos sobre el caso, a toda página: “La redención poética del asesino de la higienista dental”, espléndido titular. La sangre de mi yugular salpicando al enfermizo Proust, mientras, aún caliente, resbala hasta llegar a mis manos todavía manchadas con tu sangre. Heroico.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

jueves, 23 de abril de 2015

Extrañas formas


Extrañas formas surgen de la oscuridad, difusas como el humo, terribles. Se acercan, un miedo primitivo me hiela las entrañas que se encogen con dolor. Llegan, están sobre mi; están en mí. Mi cuerpo se convulsiona, los músculos se contraen espasmódicamente, la mandíbula gira sobre sí misma, los ojos se hinchan, mis facciones cambian. Hay dolor, pero es superado por el miedo. Horror de la mente ante el caos. Todo escapa al raciocinio. Las leyes naturales, el orden que da poder y paz al hombre, no existen. La barrera entre lo real y lo irreal ha desaparecido. La lógica ha derivado en absurdo: la gravedad es aleatoria, el tiempo variable. La habitación donde me encuentro cambia a cada parpadeo de mis ojos. Grito con pavor, la voz se distorsiona, como si el aire sobre el que se propaga no fuese homogéneo. Gira y vuelve a mí, pero ahora es una carcajada que intenta entrar en mi garganta. ¡No!. 

Un trueno, la habitación se ilumina un segundo y vuelve la oscuridad. Otro trueno. Sudo, la sábana se pega a mi cuerpo. Estoy sobre la cama; he tenido un sueño. Busco con la mano a María, no la encuentro. Otro relámpago y veo su lado vacío. ¿Dónde está? Oigo voces en el comedor, alguien habla. ¿Es María? no, no es nadie, sólo la Tele. ¿Qué hora es?, no puedo ver el despertador pero no enciendo la luz, no tengo ganas de mover el brazo. Prefiero quedarme tumbado, pensando. Vuelve a tronar, la tormenta se aleja y María está tumbada en el sofá, sola, viendo la televisión. 

Un escalofrío recorre mi espalda, siento miedo. De María. No, es el sueño, todavía lo recuerdo. Veo el pomo de la puerta girar; viene María. El pomo ha girado pero no abre la puerta, está detrás, ¿esperando? Todavía oigo la televisión, otra vez un escalofrío, estoy muy sudado y vuelvo a tener miedo: alguien viene a matarme, ya ha matado a María y ahora viene a por mí. O quizás es María que ha enloquecido. Tonterías. Aún debo estar soñando. ¿Pero por qué tiene el pomo girado y no abre la puerta? Al fin se abre, es María. Su silueta se recorta ante el fluctuante vaivén luminoso que provoca el televisor desde el comedor. Puedo ver el contorno de su cuerpo bajo el camisón. En su mano sujeta algo brillante. ¡Dios mío!, es un cuchillo; quiere matarme. La cabeza ha empezado a palpitarme, no puedo pensar. Un hormigueo baja por mis piernas, quiero moverlas pero no puedo. María levanta el cuchillo por encima de su cabeza. Quisiera gritar, pero tampoco puedo. Lo coge con ambas manos. Continua quieta bajo el marco de la puerta. De pronto baja el cuchillo con fuerza y lo hunde en su pecho; le atraviesa el corazón. Lo saca y vuelve a hundirlo otra vez, otra vez, otra vez ... Sus piernas se doblan y cae. Al fin consigo gritar algo, el grito sale roto de mi garganta, y se parece a un nombre: María. 

Hay sangre por todas partes, en la puerta, en la pared, en el suelo. Yo sigo en la cama, y María muerta. ¿Estoy soñando?, no. Es cierto, ha sucedido; mi María está muerta. Me siento aliviado por estar vivo, porque María descargara sus golpes contra su pecho en lugar del mío. Y me odio por sentir eso; yo la quiero, la quería. ¿Por qué? Tengo que llamar a alguien. ¿A quién? a la policía. El teléfono está en el comedor y para llegar a él he de pasar por encima de María, pero no quiero. Salgo a la terraza y entro al comedor por el balcón, en verano siempre tenemos abierto el balcón. Cojo el teléfono y marco 091. Una voz responde al otro lado, me hace preguntas; yo las respondo todas. Le digo mi nombre, la dirección. "Mi mujer se ha matado". 

Vienen hacia aquí. Cuelgo y me siento en la silla a esperar. El televisor está encendido, lo apago. El silencio y la oscuridad lo llenan todo, la tormenta ya ha desaparecido. Busco el interruptor de la luz a ciegas, tropiezo. Al fin lo encuentro y el comedor queda iluminado. Miro el reloj de la pared que marca las doce y media. Recuerdo que cuando me fui a la cama y dejé a María viendo la televisión marcaba las doce y cuarto. Dios mío, sólo ha pasado un cuarto de hora. Vuelvo a sentarme en la silla. Dejo mi mente en blanco mientras espero que llegue la policía. 

No llega. El reloj marca las doce y treinta y un minutos. Los segundos se convierten en horas, la policía no viene y María está muerta en la habitación. De pronto percibo un olor agrio, olor a sangre. Cierro los ojos y vuelvo a ver a María atravesándose el pecho una y otra vez con el cuchillo. Creerán que lo hice yo. La policía creerá que yo la he matado. Pero no, no puede ser, no están mis huellas en el cuchillo, ni estoy lleno de sangre. Además. ¿Por qué iba a hacerlo? Esperaré. 

Han pasado muchos minutos y sigo aquí sentado con los ojos fijo en el reloj, veo moverse la aguja de los minutos, el movimiento es muy lento, pero perceptible. 

El aire se ha vuelto más pesado, un fuerte hedor lo Impregna todo. Suena el timbre; ya están aquí. 

Abro la puerta y encuentro en el pasillo a dos hombres. Son policías nacionales, uno de ellos es de mediana estatura, unos noventa kilos y cuarenta y tantos años. Lleva bigote: "soy el sargento Vázquez". su voz es fuerte, resuelta. Tiene las cejas muy pobladas, y el bigote espeso. Me da miedo. 

Los policías entran, cruzamos el pasillo hasta la habitación y llegamos hasta María, que yace muerta frente a la puerta. No nos podemos acercar a ella sin pisar el charco de sangre, ahora casi negra, que rodea su cuerpo. 

El otro policía, un joven alto y delgado con granos de acné en la cara, se queda allí. El sargento y yo nos vamos de nuevo al comedor. Me mira con odio y pregunta por el teléfono. Está donde siempre: sobre la mesita rinconera. Lo descuelga y hace una llamada: habla de "proceder al levantamiento del cadáver", cuelga. y se dirige a mí con una mirada de muerte; "siéntate, cabrón". Obedezco inmediatamente. El corazón vuelve a palpitarme con furia, la sangre golpea con fuerza mi cabeza y no me deja pensar con claridad. 

"Debes haber disfrutado mucho, verdad. ¿Cuántas puñaladas le has dado, cinco o seis?". Ha acercado tanto su cara a la mía que puedo sentir el fuerte olor de su aliento y ver una fibra amarilla colgada de su colmillo derecho. 

"Yo no he sido, se lo ha hecho ella". Explico mientras aparto mi cabeza hacia atrás. De repente me coge por la camisa y me levanta en peso de un sillón: "Hijo de puta, sabes lo que me gustaría hacer ahora", y me lanza al otro lado de la habitación. "Venga, lárgate, ¡vete ya!", grita mientras desenfunda su pistola. Estoy petrificado, quiere matarme; está loco. 

"¡Qué sucede!". El policía joven ha aparecido gritando en el comedor, atraído por el ruido. Nos mira a ambos y parece comprender la situación, "¡Tú vuelve a lo tuyo!", grita el sargento. "Ayúdeme, quiere matarme", le suplico yo. El joven duda, se acerca a su superior; "Vamos sargento, cálmese, irá a la cárcel, no se complique ... " Tengo que huir ¡Es ahora o nunca! Con todos mis músculos en tensión salto hacia el pasillo interior, justo de donde ha salido el policía, así este se halla entre la pistola del sargento y yo. Me golpeo contra el suelo y giro, se oyen voces, un disparo, sigo girando hasta que tropiezo con algo húmedo. Enmascarado con el fétido olor percibo el perfume de María ¡Dios! Estoy lleno de sangre pegajosa. Miro hacia la entrada del pasillo, no hay nadie. Tengo que huir, en cualquier momento aparecerá el sargento disparando su arma contra mi cabeza. ¿Por qué no viene? Recuerdo como antes pasé de la terraza al comedor, me pongo en pie pero resbalo cayendo otra vez sobre María, tiemblo, miro hacia atrás y todavía no hay nadie. Me encaramo a la ventana, salto a la terraza y caigo en el suelo arrastrándome hasta la base del balcón. Tras el cristal veo al sargento, agachado frente a su compañero que yace sobre un charco de sangre. ¡Le ha disparado! El sargento le ha disparado, está loco. Me duele la cabeza, no sé qué hacer. La pistola del sargento está en el suelo junto a sus pies. Me levanto, abro la puerta del balcón y corro con todas mis fuerzas hacia él. Tropiezo con una silla, con la mesa, sigo corriendo, él se gira, coge su pistola y dispara. 

Dejo de correr y espero que la sangre y el dolor empiecen a brotar en mi pecho. Pero no siento nada, pasan unos segundos, nos miramos. ¡Ha fallado! a dos metros de distancia y ha fallado. ¡Tengo que reaccionar antes que él! Salto sobre su mano y suena otro disparo, sigo sujetando su mano y él continua disparando, gritando, retorciéndose. Oigo silbar las balas por todas partes. En la puerta de entrada también alguien grita y golpea. No puedo sujetarlo más. Los que golpean van a tirar la puerta. El sargento cae de rodillas, suelta el arma, se lleva las manos al estómago y se las mira ensangrentadas; se ha disparado el mismo. Han roto la puerta. "¡Policía!". El sargento todavía está arrodillado y lentamente se derrumba sobre su cabeza quedando en una extraña posición. Entran varios policías, yo tiemblo totalmente cubierto por la fría sangre de María. Saltan sobre mí, me tiran al suelo y un pie aplasta mi cabeza contra el suelo desde donde puedo ver a un gordo vestido de paisano que mira con asco a su alrededor, me mira y dice: "Cárgate ya a ese cabrón". Oigo un disparo, siento calor en la cabeza, no puedo pensar bien y todo se oscurece poco a poco. 

Quizás sólo sea un sueño del que vaya despertar en la cama junto a María dormida a mi lado, o quizás sea sólo la oscuridad de donde extrañas formas surgen y se acercan a mí… 

1993.



AUTOR: Rafael Ogalla

miércoles, 22 de abril de 2015

Marineros sin puerto


¿Tanto te costaba?
Pagaría por darte los abrazos 
que de noche le daba, en tu ausencia,
a mi almohada.
¿Tanto te pedía?
Tantas conversaciones carentes de sentido,
esperando recibir los consejos 
que realmente me habrían servido.

¿O es que se perdieron en el mar
todos los “te quieros” que pronunciaste
algún día?

Crecí sintiendo tu lejanía. 
Dime papá… ¿Qué más querías?

Fui todo en lo que soñaste
que me convertiría, 
pero nada cambiaba tu semblante,
ni salía de tu boca un:
-Me siento orgulloso de ser tu padre-.

Y a pesar de la tristeza 
con la que me envuelven tus recuerdos,
sigo anhelando ser tu hijo pequeño.
Ese que lucha por hacerse un hueco
en el mundo y cumplir sus sueños.
Y éste es uno de ellos:
Crear un futuro en el que estés presente.

Porque no quiero disfrazar de sonrisas 
las lágrimas que derramé ayer.

Ni descubrir que podemos navegar 
por las heridas de cada nuevo amanecer.

No quiero que seamos marineros sin puerto,
escuchando a sirenas sin voz.

Sé que no supiste hacerlo mejor.

Pero en mi barco, viejo,
sigue habiendo sitio 
para los dos.


AUTORA: Jessica Losada Carrera

martes, 21 de abril de 2015

El informe



Acababa de acostarme a hacer la siesta pero no podía conciliar el sueño, no antes de leer el informe psiquiátrico que la compañía donde trabajo ha pedido para establecer si soy merecedor de un ascenso. El sector de la Bioquímica está sobrevalorado, tanto en cuanto nos obligan a pasar por estos incómodos estudios, dedicados a apilarse en el departamento de Recursos Humanos, o Dios sabe dónde.



“Según su extrovertida manera de ver la vida, se podría deducir que no habiendo sufrido problemas de gran calado aun, la exposición a ellos está falta de experiencia. La edad es otro hándicap que puede tener consecuencias en el futuro mando de un equipo”



Que va a decir un psicólogo de un joven de veintiún años aficionado al surf, entre otras muchísimas cosas. Pero no fue eso lo que me hizo comenzar a estar nervioso. Una pequeña nota al final dejaba caer, a todas luces, que era una persona que podría matar si se diera el caso. Me acordé entonces cuando le conté al loquero una anécdota ocurrida con mi amigo Mario, donde, en una acampada de montaña: allá donde San Judas perdió las cadenas de las ruedas, tuvimos que matar una cabra poco menos que con las manos. En pleno invierno, sitiados por la nieve. “Sobrevivir” se llama lo que hicimos, ni más ni menos.


Es por eso que me he echado a la calle. Tenía la imperativa necesidad de dar mi paseo diario, aunque no era la hora habitual, pero no podía dormir. Franco lo ha agradecido y tira de mí con su inmutable y alegre caminar. 

Para mí, otra cuestión inalterable es el recorrido. Un paseo que se digne de serlo, tiene que pasar por el puente Milou. Sus artísticas farolas renacentistas le confieren una calma firmemente necesitada, aunque Franco intenta lo contrario, tirando de mí hacia la zona ajardinada de Le´pletoun. No me importa, mientras no decore con su orina las farolas, le perdono casi cualquier cosa. Pero antes de abandonar el puente, siento sobre mi hombro la presión de una mano y su inquietante calor. Me llevé un buen susto, me cogió de improviso, y me giré tan rápido como fui capaz. El susto inicial no fue nada cuando al girar mi rostro allí no había nadie. “el Milou es también conocido por el puente de los amantes, el ochenta por ciento de las personas que lo visitan lo hacen de rodillas, y en aquel momento habría como cuatro peticiones de mano, pero ninguna cerca de mi”.

Franco tampoco reaccionó, indiferente, seguía con su ruta hacia los parterres de tierra batida, entre seto y seto. Que susto, hubiera jurado ante la Biblia que alguien había puesto su mano sobre mi hombro. Con las palpitaciones dignas de una arritmia sacudiendo mi garganta, seguí al pobre animalito que ya comenzaba a aruñar las baldosas del puente.

Después de otros diez metros de frenético recorrido, ocurrió exactamente lo mismo. En esta ocasión giré lentamente, pero sin que la cautela pudiera dejar escapar, otra vez, a quien se suponía volvía a poner su mano sobre mí. Aquello ya no era normal, y temblando me agaché para sujetar a Franco cerca de mí. Su cabeza quedo a un palmo de mi cara, y aunque lógicamente no era la primera vez que eso sucedía, noté algo extraño en su mirada. Como humanamente cercano, y sin pedírselo colocó su pata encima de mi rodilla. En ese momento pude escuchar perfectamente como desde su dentada boca salían las palabras “Levántate, están llamando a la puerta, estúpido”.

El knock, knock, insistía persistente hasta que logré abrirla medio adormilado todavía, estaba temblando, no podía dejar de pensar en la extraña voz que había salido del perro. El cartero tenía cara de cabreo y ni siquiera saludó. -¿El Sr. Dupont?- - Sí – contesté. – un Certificado. Firme aquí, aquí y aquí- Cuando cayó en mi mano, mi cerebro terminó de despertarse. ¡EL INFORME!. Tardé cinco segundos todavía en descubrir que había estado soñando. Destroce el sobre buscando aquella nota tan inquisitiva. Y la encontré.

“Para su corta edad, es una persona culta y refinada, requisitos, si no indispensables, muy importantes a la hora de formar equipo y su posterior liderazgo. Solo una observación; a la par que inteligente, es una persona dada a fantasear, cuestión que a priori no vierte ningún elemento negativo para poder ejercer un trabajo superior”.

-¿No se lo han creído?, ¡Hijos de p…..!  No sé qué me cabreó más: que creyeran que soy Antoñita "La Fantástica” o el susto que me ha dado Franco.


AUTOR: Sergio Suárez.

lunes, 20 de abril de 2015

Resistencia


Todos los de mi generación (o sea, los ahora cincuentones, por muy mal que nos suene) hemos tenido una relación….cómo decirlo…de odio-amor, de cierta antipatía, de resistencia, con el ordenador. Yo tuve mi primer encuentro con él cuando tenía treinta años y dos hijos. Del mamotreto inicial fui conociendo diferentes modelos hasta llegar al portátil que uso hoy (heredado de mi marido, o sea, último modelo no es). Recuerdo mis primeras frases. Frases de resistencia expresada en voz alta y clara. “Pues si he estudiado una carrera sin ordenador, bien podré seguir así otros años. La técnica acabará con las letras, con el papel y la tinta. Que no, que no, que yo no lo necesito”

Esa fue mi resistencia inicial. Inútil. Pasaron los años y esas frases (que había dicho con absoluto convencimiento) empezaron a sonarme estúpidas. “Qué bien esto de escribir y poder corregir, guardar, copiar y pegar. Fíjate, hasta puedo saber las pelis del cine, con su argumento y todo. Artículos de cualquier tema aquí, a mano. Coger el diccionario para consultar un significado… una pérdida de tiempo”.

Con el teléfono móvil más o menos lo mismo. Resistencia inicial y adoración final (igual que a la cerveza). Creo que incluso más amor que los jóvenes porque ellos no saben lo que es ir a una biblioteca, sacar un libro, señalar las páginas, ir a una fotocopiadora, pagar, devolver el libro y, ¡por fin!, poder leer un artículo. O pasar horas esperando a tu novio porque no podía avisarte de que el tren llegaba con retraso. 

He aprendido a apreciar lo que la técnica me ofrece. Con mucho trabajo, eso sí, porque mi habilidad es casi nula. Me he esforzado. Pero he aprendido dos cosas. Una, que nadie sabe casi nada de este muevo mundo que tan pronto cambia y avanza. Dos, que todo es cuestión de sentarte y teclear; al final (y muchas veces por casualidad) encuentras lo que buscas.

¿Cómo pudimos quedar con nuestros amigos, viajar al extranjero, estudiar en la universidad sin Internet o sin móvil? Un misterio, sí señor, todo un misterio.



AUTORA. Victoria Monera.

viernes, 17 de abril de 2015

Yo te pregunto


Si por mi piel me desprecias, yo te pregunto…

¿No has visto acaso el hermoso color 
de una negra noche llena de estrellas?

¿O el brillo amarillo de un nuevo amanecer?

¿Y lo deslumbrante de un campo de rosas rojas?

¿O la palidez de esa luna llena sobre tu cabeza y que hace soñar a tanto poeta?

La belleza del hombre viene desde el fondo de su ser, 
sus ojos sólo son bellos si reflejan lo bello de su alma.

Si por mi origen humilde no soy digno de ti, yo te pregunto…

¿No has tocado con tus manos la seda 
elaborada por un pequeño gusano?

¿Acaso no has visto los blancos campos nevados 
que iniciaron simples copos de nieve?

¿No conoces la ostra tan pequeña que te da 
tan grandiosa perla para tu magnífico collar?

¿Has olvidado el origen humilde del hombre 
que murió amando a los hombres, 
que de cruel manera le arrebataron la vida?

El verdadero valor del hombre se encuentra en su corazón 
y no en los bienes materiales que posee.

Si por mi fe te mofas y me ofendes, yo te pregunto…

¿Acaso las aves del cielo no tienen un Dios que les da su alimento diario?

¿No ha de caer del cielo el rocío que a las flores la vida da?

¿Quién cuida de las criaturas de los campos y los bosques?

¿Quién hace crecer las cosechas? 

¿Quién pone orden en este mundo en desorden?

Las estrellas y el infinito 
nos demuestran que no estamos solos, 
hay alguien que nos cuida.

¡Eres a imagen de Dios igual que cualquiera en la faz de la tierra!
¡Y tan distinto que no hay nadie más bello que tú mismo!

No estropees esa imagen que te fue dada 
en el afán de solo apreciar lo que a ti te parece 
bello, valioso o correcto. 

Mira a los demás como a ti mismo, 
porque somos todos iguales y tan distintos a la vez 
que en la medida que tú denigres a tu hermano, 
más te denigras a ti mismo…¡nunca lo olvides!



AUTOR: Carlos A. Suárez G.

jueves, 16 de abril de 2015

A la vergüenza de la barbarie y a la heroína que lo derrota


El vientre sembrado con
la semilla del tirano

El miedo no consigue
doblegarla
Apenas satura sus ojos
de una especie de espesas lágrimas
incapaces de recorrer las mejillas

Aprovecha la diástole del verdugo y
el recuerdo del último golpe para
alimentar el ansia

Harta de ejercer como yunque
del patético e infame Vulcano viste
las alas prestadas de Ícaro
sin miedo al sol ni a la
intemperie

El juramento es claro y rotundo
ya
tan solo permitirá
los dulces golpes de la simiente


AUTOR: Juanje Frayfregona

miércoles, 15 de abril de 2015

Una cuestión de silencio


"Soy un malo y eso es bueno, jamás seré bueno y eso no es malo". 


Repitió mentalmente la frase de "Rompe Ralph" con la que se identificaba mientras se dirigía cansado hasta el coche. Después de hacerlo siempre le sobrevenían aquellos intensos dolores de cabeza.

Estoy en el buen camino, no puedo dudar. Y a mí me ha tocado ser malo, eso debo tenerlo claro....Se decía cuando aparecían las malditas jaquecas.

Salió arrastrando los pies del night club donde había cogido un poco más de olor a tabaco en su repeinado pelo y en su cara ropa de estupenda boutique de la calle Serrano. 
Aún quedaban garitos donde reconciliarse con la brutalidad y depravación que esconde la noche... La misma que lo amparaba a él sin preguntar nada cuando alcanzaba el climax de su instinto más oscuro.

A ella también habría querido hacérselo, siempre inquisitiva de dónde, con quién, porqué, cómo, cuándo... Mortificándolo a preguntas y siempre hablando y hablando, sin dejar que él se expresara.... Pero era su madre.
Por fin había podido recluirla en aquella residencia después de torturarla hasta la demencia y obligarla a cortarse la lengua con unas tijeras ...
"Vieja bruja..., ahí te pudrirás, sin poder emitir ni un quejido cuando mueras"

En la residencia había dejado sin embargo su sello impoluto de pulcritud y encantadora educación. Tan bien vestido y tan exquisito en sus maneras. Un hijo entregado, obligado a dejar allí a su madre por su trabajo de alto ejecutivo.

No era a las únicas que había engañado, su vida era un permanente disfraz de encantamiento y seducción para lograr sus objetivos. Y si no, que se lo dijeran a la bobita de ojos tiernos a la que acababa de jurar amor eterno después de cepillársela en todos los aspectos.

Sus manos aún olían al rastro que deja la angustia del que muere por asfixia. Él lo sabía bien, no era la primera ni sería la última con la que lo había experimentado y le encantaba ese olor.

Pero había habido algo en ella que le había conmovido alguna parte de su podrido corazón. Quizás su silencio cuando bastó con una invitación de su mano para que ella se fuera con él después de sentarse a su lado en la barra de aquel pub irlandés, o su falta de queja ante lo precipitado de su encuentro, o su silencio al hacérselo, las otras gemían tan ridículamente...

Los noticiarios de la mañana siguieron alertando a la población con una nueva joven estrangulada.

El comisario llegó a la morgue a las 8,30 a.m. El cadaver presentaba los mismos signos que los anteriores, pero había dos datos novedosos que el forense se apresuró a explicarle, el asesino había dejado un papel pegado en el paladar de la víctima en donde podía leerse. "gracias por haber callado". El otro dato era que la víctima era muda.

El forense le vio chasquear la lengua en un signo de decepción mientras salía por la puerta. Era domingo y debía ir a visitar a su padre como cada fin de semana alterno.
Lo encontró acariciando la mano de una mujer con mirada perdida a la que hablaba sin recibir una sola respuesta. Las enfermeras le relataron en un aparte que la pobre se había cortado la lengua con unas tijeras. 

Ya llevaba dos mudas en un día, era demasiado...

Se fue de la residencia pensativo, intentando digerir cómo alguien podía autolesionarse de esa manera. Su espíritu de sabueso le hizo pedir los datos de los familiares más cercanos de la amiga silenciosa que su padre se había echado. 


AUTORA: Clara Serrano


Relato participante en el concurso "LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE" de "EL CÍRCULO DE ESCRITORES".

martes, 14 de abril de 2015

El destino no sabe de días calurosos.



Sentada en el frío suelo de aquel caluroso pasillo: el que acababa de limpiar, sus tristes lágrimas se perdieron bajo los zapatitos de los niños que se intercambiaban de clase, ajenos a su dolor. -Quiero mis ocho minutos- gritó su muda voz después de ver aquel susurrante aleteo. Esos mismos que recorre la luz del sol hasta que es real, hasta que llega a tus ojos y calienta tu piel. Los que necesita ahora para no encarar la dura realidad: gritó su cansado corazón, hincada de rodillas.


-¿Por qué ahora?,- se preguntó, sin dejar de mirar aquel rostro perfecto. Ahora que ya no tengo fuerzas para volver a revivir aquella falta de madurez, aquel involuntario abandono. Rota de dolor, no podía dejar de mirarla, ni la marca de su antebrazo en forma de ala: la que le llamó incesantemente. 

-No hay razones para llorar. La vida es muy corta- le dijo con la sencillez de sus apenas diez años de vida, sin saber que escuchar su voz por primera vez, encogería aun más su destrozado corazón, haciendo hincapié en sus abatidas lágrimas. 

La delicadeza de su voz, su forma exquisita de hablar: aquel colegio tan caro, le aconsejaban no darse a conocer. -¿qué podrías ofrecerle? Le decía su voz interior. ¿Un amor escondido durante tantos años? Del que nadie sabe nada, oculto, avergonzado, en lo más recóndito de su mente. 

Pero el destino no sabe de secretos. Y fue entonces, cuando ya había decidido seguir ocultando el por que de su amargo llanto, ella le ofreció su mano. El contacto de su piel volvió a arrancar las recurrentes lágrimas de sus últimos diez años, desde que la vio desaparecer tras la puerta corredera del paritorio del orfanato, donde la despidió con aquellas palabras, susurrantes y ahogadas: vuela alto alegre pajarillo, deja tras tu canto una bella estela, azul como tu tierna mirada, que ciegue mis grises días de espera.

-Levanta, por favor. Cógete a mi- fueron las palabras que escuchó antes de presenciar como unas insipientes lágrimas brotaban de sus hermoso ojos azules. Cuando se volvieron a unir ambas alas al juntarse sus brazos. Las que formaban aquel ave que no debió separarse nunca. Las que ni la mente, ni el corazón, ni cualquier fuerza humana o divina, podrían apartar ya desde ese preciso momento.

Ninguna dijo nada, no hacía falta. El alegre pajarillo, por fin encontró su otra ala.

Madre e hija, aferradas en un caluroso abrazo, caminaron llorando hasta la oficina de Dirección de aquel colegio tan caro, tan respetable y tan bien uniformado, aquel caluroso día de verano, aquel en que apetecía ir en manga corta. En aquel colegio de canto, tan refinado.


AUTOR: Sergio Suárez.